El Hábito 3 es el hábito de la gestión personal, el hábito de la integridad y la ejecución. La decisión que hemos tomado de conectar con nuestra singularidad y nuestros valores (Hábito 1) nos ha permitido encontrar nuestro propósito de vida (Hábito 2). Ahora ha llegado el momento de imaginar nuestro plan de vida, sin el cual nunca podremos vivir en plenitud. El Hábito 3 nos ayuda a identificar y eliminar las actividades no importantes, que nos roban tiempo, y a enfocarnos en lo que es más importante en nuestra vida personal y profesional. Cuando somos realmente efectivos, no administramos el tiempo: nos administramos a nosotros mismos.

Ahórrate dificultades

Una historia de una viajera anónima

De niña soñaba con viajar y descubrir el mundo, así que, en cuanto tuve edad suficiente, me compré una mochila y un billete de Interrail y tomé un tren hacia la frontera. A partir de ese momento, cuando tenía tiempo y disponía del dinero suficiente, emprendía rumbo a la aventura. Y realmente era una aventura, porque nunca planificaba mis viajes: simplemente elegía un país y, una vez allí, improvisaba. Ni siquiera sabía dónde iba a alojarme o qué lugares iba a visitar. Sentía que planificar significaría eliminar oportunidades de ver sitios que no habría descubierto de otro modo, conocer gente nueva y divertirme.

Nunca tuve ningún problema serio, sino más bien al contrario: la suerte siempre parecía sonreírme. Sin embargo, algunos amigos eran bastante reticentes a viajar conmigo, ya que les ocasionaba demasiado estrés. Mientras que para mí perder un tren era un incidente irrelevante o no saber dónde nos alojaríamos esa noche cuando eran ya las siete de la tarde no era algo por lo que preocuparse, a ellos les causaba dolor de cabeza.

He de decir que la organización no forma parte de mi naturaleza. Soy bastante despistada y olvidadiza y he de hacer un gran esfuerzo para seguir una rutina. Por eso, los viajes eran maravillosos para mí. Podía dar rienda suelta a mi anarquía congénita.

Cuando mi marido y yo tuvimos a nuestra primera hija, decidimos que seguiríamos viajando de la misma forma en que lo habíamos hecho hasta entonces. ¡No había razón para cambiar! Debo decir que era yo quien más empeñada estaba en disfrutar de la libertad que da viajar dejándolo todo en manos del azar. Solo lo hicimos aquel año: fue más que suficiente. Sometimos a nuestra pobre hija a todo tipo de incomodidades por nuestra estúpida cabezonería.

Recuerdo especialmente el último día de esas vacaciones. Habíamos pasado un día maravilloso en un castillo rodeado por un precioso bosque en Eslovaquia. Por supuesto, según nuestra costumbre, no habíamos reservado alojamiento. Ignorábamos que se estaba celebrando un festival en esa zona, con lo que no logramos encontrar un lugar donde pasar la noche hasta muy tarde. Si hubiéramos estado solos mi marido y yo, dormir en el coche habría sido una opción aceptable. Con mi hija, ni me lo planteaba. Esa noche me dije a mí misma que nunca más le haría pasar a mi hija por algo semejante. No se lo merecía.

A partir de ese año, preparamos nuestras vacaciones con antelación: elegimos los sitios que planeamos visitar y reservamos habitaciones. La diversión no se ha reducido por ello. Sencillamente, evitamos las contrariedades.

Cuestión de paradigmas

Solía pensar que la planificación es enemiga de la diversión. Estaba firmemente convencida de que es necesario programarse en un contexto de trabajo, donde la anarquía es sinónimo de fracaso en la mayor parte de los casos, pero no en el tiempo libre. Ese era mi paradigma.

Planificar

En cambio, he descubierto que la planificación me permite disfrutar aún más de las vacaciones con mi familia. Organizar con antelación las cosas más importantes, las “rocas grandes” del viaje, hace posible que nos relajemos durante esos días y le saquemos el máximo partido a esos momentos de placer que compartimos en lugares maravillosos.

Hábito 3: Un ejercicio en familia para poner primero lo primero

por Tara West

El Hábito 3: Pon primero lo primero® es el hábito de las prioridades. A todos nos toca hacer malabares en nuestra vida personal y profesional y por ello necesitamos desarrollar hábitos que nos ayuden a gestionar el día a día. El Hábito 3 habla en profundidad sobre las “rocas grandes” y las “rocas pequeñas” de nuestras vidas.

Las rocas grandes representan tus prioridades, lo que es absolutamente necesario que hagas, como, por ejemplo, pasar tiempo con tu familia o estudiar y formarte. Las rocas pequeñas simbolizan las actividades que haces que en realidad carecen de importancia, tales como ver la televisión o hacer búsquedas al azar en internet.

Así que, independientemente de que el Hábito 3 sea nuevo para ti o lo tengas grabado a fuego en la mente, vamos a reflexionar sobre este hábito. Para mí el Hábito 3 es sacar tiempo para mi familia. Plantéate qué significa el Hábito 3 para ti, aunque previamente tendrás que pensar en el significado que para ti tienen los Hábitos 1 y 2.

Hábito 3: Sacar tiempo para la familia

Igual que le sucede a cualquier otra madre, mis hijos pueden llamarme más de mil veces al día. En mi caso esto comienza a las 6:15 de la mañana: “mamá, me ayudas a prepararme el bocadillo?”, “mamá, ¿te sientas conmigo mientras desayuno?”, “mamá, ¿por qué tengo que ir al colegio?” o “mamá, ven a limpiarme”, que es mi favorita. Tengo la sensación de que, apenas he dejado a mis hijos en tres colegios distintos y he comenzado con mis tareas, ya me toca volver a recogerlos, sin que haya logrado hacer gran cosa en ese breve intervalo.

De 11:30 a 2:30 estoy sola en casa con mi hijo de cuatro años. Le ayudo con sus deberes, comemos juntos y más tarde le gusta jugar. Si ninguno de sus amigos puede venir a casa a jugar con él, en general no tiene problemas para entretenerse solo. Sin embargo, hay ciertos días en que demanda mi atención constantemente. Esos días suelen coincidir con fechas en las que tengo que trabajar a contrarreloj para presentar algo y hay un gran proyecto en marcha en el colegio. Yo trabajo a tiempo parcial desde casa y, además, este año soy presidenta de la Asociación de Madres, Padres y Maestros del centro de primaria al que acuden parte de mis hijos. En estas ocasiones, mi dulce niñito se convierte en un disco rayado:

Mi hijo: “Mamá, mírame, ¿puedes jugar conmigo?” (Sí, le gusta que lo mire para asegurarse de que le estoy escuchando)

En cierta ocasión respondí así:

Yo: “Termino de fregar y juego contigo”.

(Un minuto después)

Mi hijo: “Mamá, mírame. ¿Puedes jugar conmigo?”

Yo: “Termino de fregar y juego contigo”.

(Un minuto después)

Mi hijo: “Mamá, mírame. ¿Puedes jugar a polis y cacos conmigo?”

Yo: “Tengo que terminar de fregar. Iré mucho más rápido si dejas de hacerme preguntas”.

(En el preciso instante en que termino de responder)

Mi hijo: “Mamá, mírame. ¿Puedes jugar a polis y cacos conmigo ya?”

Yo: “No”.

No me juzgues. Sentí una punzada de culpa cuando lo rechacé de esta forma. Y a eso se añadió su respuesta, que fue como un puñetazo en las tripas…

Mi hijo: “Bien, supongo que no me queda más remedio que jugar solo”.

Con cuatro años que tiene, no creo que usara esa expresión a propósito para hacerme ir a jugar con él es ese mismo instante, pero el caso es que así fue. Jugamos a polis y cacos durante media hora. Tal vez media hora no parezca mucho tiempo, pero a él le hizo sentir en el paraíso.

Un antes y un después

Esa experiencia se convirtió en un punto de inflexión para mí. Ahora, cuando mi hijo me pide que juegue con él, hago un auténtico esfuerzo para acudir en cuanto me lo pide. Por si no lo sabes, tan solo diez minutos de atención exclusiva son suficientes para recargar sus pilas para el resto del día. Desde que dedico más tiempo a ponerlos a él y a mis demás hijos primero, estoy descubriendo cosas nuevas sobre ellos y estamos desarrollando una relación más profunda. También he observado que mis hijos están más dispuestos a hacer las cosas que les pido a la primera, en vez de tener que repetirlo mil veces.

Es increíble ver cómo los niños siguen mi ejemplo cuando yo, como adulta, actúo como modelo y dedico más tiempo a poner a los miembros de mi familia primero. Por otra parte, cuando tengo algo que hacer y he de terminarlo urgentemente, puedo explicarles a mis hijos qué estoy haciendo y cuánto tiempo necesito para acabar y después me aseguro de cumplir con esa estimación. Gracias a eso, ahora son mucho más pacientes cuando no estoy disponible de inmediato.

He empezado a sopesar lo que hago en cada momento preguntándome: “¿Qué consecuencias tiene no hacer esto ahora?” En realidad, la mayoría de las veces no hay problema en posponerlo. La vajilla y la ropa sucia no se van a mover de ahí. ¡Para nada! Créeme, no me resulta fácil dejar el fregadero lleno de platos durante mucho rato, pero estoy aprendiendo que merece la pena. Poner primero lo primero depende de cada situación de mi vida. Me he dado cuenta de que, como mi familia es lo más importante para mí, si los pongo a ellos primero, estoy en paz con todas las demás actividades de mi vida.

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Octavo Hábito: Encuentra tu voz e inspira a los demás a encontrar la suya

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