El Hábito 4 es el hábito de la mentalidad de abundancia y del beneficio mutuo. Es el hábito que abre el camino a la Victoria Pública, que nos permitirá establecer con los demás interacciones genuinas, creativas y sinérgicas. Implica un cambio de actitud que nos lleva a entender que las relaciones efectivas y de largo plazo requieren de la cooperación a través de la búsqueda del beneficio mutuo. Para ello es imprescindible tener mentalidad de abundancia: saber que hay suficiente para todos y aún sobra. Dado que ganar-ganar trata de todos, es necesario equilibrar el valor para defender nuestras ideas con la consideración por las ideas de los demás, así como tener siempre en cuenta el ganar de los demás y la actitud de crear acuerdos que beneficien a todas las partes.

Todos pueden ganar… si nos lo proponemos

Una historia de una madre anónima

Todos los días me desplazo en coche desde la localidad donde vivo hasta la ciudad en la que trabajo y, cuando termino mi jornada, de vuelta a casa. Cada trayecto me lleva aproximadamente una hora, aunque puede ser mucho más si el tráfico se complica por culpa del tiempo, un accidente… A pesar de lo que pueda parecer, para mí es un privilegio, ya que me da la oportunidad de conversar en profundidad con mis dos hijos, que estudian en uno de los colegios de la ciudad.

Una tarde de otoño, en contra de mi costumbre, no manifesté ningún interés por hablar con mis hijos. Nos había surgido un problema bastante serio en el trabajo y no podía dejar de pensar en él. Mi hijo mayor se dio cuenta de la situación de inmediato y aprovechó para pedirme prestado el Ipad.

Yo seguía absorta en mis cavilaciones, prestando la atención estrictamente necesaria para conducir el coche a casa. Mientras tanto, en el asiento de atrás mis hijos discutían por el Ipad. En un momento dado subieron el tono de voz y yo me di cuenta de lo que estaba pasando.

– “Pon el Ipad entre los dos para que tu hermano pueda verlo también”, le grite a mi hijo mayor, dando por supuesto que esa era la razón de su discusión.

– “¡Venga, hazlo ya!”, chillaba el pequeño.

– “Espera, que…”, respondía el mayor.

– “Te he dicho que pongas el Ipad en el medio”, repetí, muy enfadada esta vez.

Solo oía un guirigay de voces en el asiento trasero. Realmente irritada por el comportamiento de mis hijos, detuve el coche en el arcén, le arrebaté el Ipad a mi hijo mayor y lo coloqué en el asiento del copiloto.

Proseguimos el camino a casa. Los tres íbamos callados. Me sentía furiosa: después de un día extremadamente difícil, ni en el coche podía estar tranquila. De repente, oí la vocecita de mi hijo pequeño:

– “Mamá, yo solo quería que me dejara el Ipad para poder subir el volumen y oír mejor. Ya lo habíamos arreglado entre nosotros. Estábamos intentando decírtelo, pero no nos has escuchado. No era necesario que nos lo quitaras”.

Cuestión de paradigmas

Cuando reaccioné de esa manera tan desmedida, actué desde mi paradigma: mis hijos no han aprendido todavía a compartir, carecen de mentalidad de abundancia, solo piensan en sí mismos y en su propio ganar. Estaba tan segura de mi paradigma, y tan cansada después de un día agotador, que no me molesté en comprobar si se correspondía con la realidad.

Crear acuerdos ganar-ganar

Mis hijos me dieron una gran lección. Ellos habían buscado un acuerdo ganar-ganar: habían negociado que el mayor tendría el Ipad en su regazo porque es más rápido buscando los contenidos que les gustan, pero subiría el volumen al máximo para que el pequeño pudiera oír las canciones e historietas que estaban escuchando. Fui yo la que no había sido capaz de buscar el ganar de todos y, llevada por mi malhumor, había impuesto el perder-perder.

El compromiso familiar en el colegio: Las habilidades de liderazgo comienzan en casa

por Tara West

El compromiso familiar en el colegio es una parte vital de la educación en el aula. El compromiso familiar proporciona los cimientos en los que los alumnos aprenden a interactuar con las personas de fuera de la familia. Se es modelo en clase de los modelos que se han vivido en casa. Por tanto, ¿cómo pueden ayudar los padres a sus hijos a ser alumnos modelo? La respuesta es pensando en ganar-ganar.

El compromiso familiar en casa

“Porque lo digo yo” o “porque esta es mi casa” son respuestas que frecuentemente dan los padres para explicarles a sus hijos por qué deben o no hacer algo en concreto. Si me gustara apostar, me jugaría todo a que esas interacciones acaban en sentimientos de enfado y frustración tanto para los padres como para los hijos. Es decir, en situaciones perder-perder. No hay ganador en esta interacción, ya que las dos partes terminan insatisfechas.

Existe una forma alternativa de resolver estas situaciones que facilita que todas las partes implicadas obtengan un resultado satisfactorio. Se trata de pensar en ganar-ganar. Stephen R. Covey dijo: “Pensar en ganar-ganar es un marco de la mente y del corazón que busca el beneficio mutuo y el respeto mutuo. No es pensar de forma egoísta (ganar-perder) o como una víctima (perder-ganar). Es pensar en términos de ‘nosotros’, y no de ‘yo’”.

Pensar en ganar-ganar es la clave para trabajar bien con los demás en cualquier entorno. Es el modo más efectivo de pensar, especialmente dentro de la familia. Las familias que aprenden y practican el pensamiento ganar-ganar son más felices, experimentan menos conflictos y están en mejores condiciones para enfrentar los desafíos familiares que pueden surgir. También se desarrolla más confianza dentro de la familia. John Gottman, investigador y practicante de la psicología, dijo: “La confianza se construye en los momentos más pequeños”. En una familia se dan a diario muchos de estos “pequeños momentos” que pueden cambiar el nivel de felicidad. Estos pequeños momentos pueden considerarse depósitos en una “cuenta bancaria emocional”.

La cuenta bancaria emocional

La cuenta bancaria emocional representa la calidad de la relación que tienes con los demás. Es como una cuenta bancaria financiera en la que puedes realizar “depósitos” haciendo cosas de manera proactiva para generar confianza en la relación, o puedes llevar a cabo “reintegros” haciendo cosas de manera reactiva que reducen el nivel de confianza.

– Stephen R. Covey

La parte difícil en relación con esta cuenta es que es el BENEFICIARIO, no el impositor, quien decide si algo es un depósito o un reintegro. El mejor modo para averiguar qué representa un depósito para cada miembro de la familia es preguntarles. Aprovecha también para investigar qué supone un reintegro para ellos. Es posible que te sorprendan las respuestas de tus hijos.

No hace mucho le pregunté a mi hija de doce años cuándo consideraba que yo hacía un depósito en su cuenta. Me sorprendió escuchar que le encantaba que las dos habláramos sin que yo le pidiera que hiciese una tarea de casa. Tras esa conversación presto mucha atención a no hacer nada más que conversar con ella y, si le tengo que pedir que complete una tarea, espero un rato antes de hacerlo. Para mi sorpresa, se muestra mucho más dispuesta a hacerlo y sin quejarse. Y ha habido otro efecto colateral maravilloso: acude a mí para iniciar conversaciones que dudo que hubiera mantenido conmigo si no hubiera pasado esto. Sin que ella lo sepa, estoy dando saltos de alegría porque esto es exactamente lo que deseaba que hiciera cuando entrara en la adolescencia. Sé que tal vez no dure, pero el mero hecho de estar aprendiendo a hacerlo realidad es una gran victoria para mí.

Cada uno de mis hijos y mi marido han contestado cosas distintas cuando les he preguntado qué es un depósito y un reintegro para ellos. He descubierto que, cuanto más practico con esos depósitos, más naturales me resultan y menos reintegros realizo.

No podemos “divorciarnos” de nuestros hijos

Nuestras familias son las personas con las que solemos pasar la mayor parte del tiempo. Por tanto, ¿por qué no hacerlas beneficiarias de tantos depósitos como sea posible? Si los efectos secundarios de los depósitos son más felicidad, menos conflicto y más confianza, ¿no es deseable hacer tantos depósitos como podamos?

Desgraciadamente, como las familias son las personas con las que en general más tiempo pasamos, podemos mostrarnos profundamente desagradables entre nosotros. No podemos “divorciarnos” de nuestros hijos (aunque a veces amenazo con vender los míos al circo, a lo cual mi hijo de cuatro años preguntó en cierta ocasión si mejor no podría venderlo al aeropuerto). Tendemos a sentirnos tan cómodos con las personas que amamos profundamente, con quienes podemos sentirnos seguros, que olvidamos cuidarlos y tendemos a darlos por sentado. Es más fácil hacer un depósito con el nuevo vecino, que acaba de mudarse y que nunca ha herido tus sentimientos, que con tu cónyuge, que se olvidó de darte un beso cuando se fue de casa esa misma mañana.

Practicar la gratitud con todos los miembros de la familia es una forma de romper el ciclo de exceso de familiaridad y comenzar un nuevo ciclo de depósitos, felicidad y confianza. Después de mucho investigar, la conclusión más unánime que he encontrado es que se necesitan al menos cinco actos positivos para compensar uno negativo. Como dijo Stephen Covey: “Cuanto más constante es una relación, más necesidad hay de depósitos constantes”. Es por eso que el compromiso familiar es crucial para el éxito en el aula. Cuantos más depósitos hagamos en casa, mejor actuarán nuestros alumnos.

Antes de continuar, debo admitir que esta no siempre ha sido la forma natural de vivir y pensar para mí y mi familia. Cuando estaba aprendiendo el concepto de la cuenta bancaria emocional, me invadió el sentimiento de culpabilidad por mi comportamiento anterior. No estoy segura al cien por cien de quién me dio este consejo, pero lo anoté en mi agenda y en mi diario, así como en una nota adhesiva que pegué a mi ordenador: “Ahora que sabes más, hazlo mejor. Si antes no lo sabías, no permitas que te mortifique la culpa por tus acciones pasadas”. Este consejo me ha cambiado la vida porque me ha ayudado a dejar a un lado los comportamientos y acciones del pasado. Al mismo tiempo, mientras todos juntos aprendemos y hacemos estos cambios, le recuerdo a mi familia que a veces olvidaremos cómo debemos actuar y que en tales ocasiones debemos ser rápidos para pedir perdón y perdonar.

Pensar en ganar-ganar

Al aprender el concepto de pensar en ganar-ganar, no debemos olvidar equilibrar el valor para lograr lo que queremos con la consideración por lo que quieren los demás. Cuando surgen conflictos, porque siempre surgen, buscamos la tercera alternativa. Cooperamos en vez de competir. Piensa en alguien de tu familia con quien a veces discutas. Ahora imagina que tienes que compartir un mando a distancia con esa persona. He aquí algunos de los escenarios que probablemente habrán pasado por tu cabeza:

  • Ganar-perder: Yo obtengo el mando a distancia y tú no obtienes nada. No hay suficiente para los dos.
  • Perder-ganar: Tú obtienes el mando a distancia y yo no obtengo nada. Si ganas, soy un perdedor.
  • Perder-perder: Discutimos y arrojo el mando a distancia contra la pared. Si yo me hundo, tú te hundes conmigo.

¿Se te ha ocurrido esta alternativa?

  • Ganar-ganar: Tú y yo decidimos apagar el televisor y jugar a las cartas. No se trata de ti o de mí; se trata de los dos.

Piensa en cada miembro de tu familia: ¿qué sería un “ganar” para ellos en este momento? A medida que practicamos ganar-ganar, nos damos cuenta de que nuestra percepción sobre cada miembro de nuestra familia cambia. Empezaremos a percibir y magnificar sus puntos fuertes, así como a aceptarlos de verdad y ayudarlos a superar sus debilidades. Cuando comunicas con sinceridad cómo te sientes respecto a cada miembro de la familia, la “magia” comienza a actuar. Recuerda la definición de liderazgo en el hogar y la familia de Stephen Covey: “comunicarles su valor y su potencial con tanta claridad que se sientan inspirados para verlo por sí mismos”.

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Octavo Hábito: Encuentra tu voz e inspira a los demás a encontrar la suya

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