El Hábito 5 es el hábito de la comunicación empática, que nos abre las puertas para establecer relaciones realmente basadas en la confianza. Después de la supervivencia física, la mayor necesidad del ser humano es la supervivencia psicológica; esto es, afirmarse, ser apreciado y ser comprendido. Deseamos que los demás nos entiendan, pero olvidamos que nuestra capacidad de llegar a los demás es mayor cuando conscientemente intentamos entender al otro desde su paradigma. Para ello es imprescindible la escucha empática, que requiere la intención y la habilidad de escuchar para comprender, y no para contestar. Porque aspiramos a comprender de verdad su punto de vista, escuchamos con todos nuestros sentidos puestos en nuestro interlocutor. Una vez estamos seguro de que la otra persona se siente totalmente comprendida, tratamos de comunicar nuestro punto de vista. Utilizamos un lenguaje respetuoso, ya que nuestro objetivo es buscar acuerdos ganar-ganar. Convertir la comunicación empática en un hábito de vida incrementará los depósitos en nuestras cuentas bancarias emocionales.

Escúchame de verdad

Una historia de una mamá anónima

Hay días en los que mi cabeza va por un lado y mi cuerpo por otro. Esos días ando completamente desconectada de mi ser y de mi misión. Tal vez por eso, al final todo sale del revés y termino clamando al cielo que por qué mis hijos no me escuchan y van a su aire.

Entonces me doy cuenta. Ellos no escuchan nada de lo que les digo porque yo tampoco me molesto en tratar de entender sus inquietudes. Según me hablan, muevo la cabeza y finjo escuchar, pero mi mente va por otros derroteros.

Recientemente mi hija mayor tuvo una rabieta. ¡Una rabieta de las grandes! Hacía mucho que no sucedía. Se frustró con una manualidad que estaba haciendo y acabó rasgando todo el papel. ¿Por qué había hecho eso? ¡Llevábamos toda la tarde con el dichoso dragón y ahora me hacía esto! Salté como un muelle. Con todo el trabajo que tenía que hacer, la casa estaba patas arriba y ni siquiera había podido ducharme…

Un minuto después me di cuenta. Sí, había estado sentada junto a ella preparando la manualidad, pero solo físicamente. Como una autómata, había pintado el dragón de verde y el fuego que salía de su boca era rojo. ¡Qué barbaridad! “Yo quiero un dragón rosa porque es una dragona. Y no va a escupir fuego porque casi es verano y ya hace mucho calor”. Sus palabras de hacía una hora resonaban en mi cabeza. Durante su explicación yo había estado respondiendo unos correos y simplemente había asentido a lo que decía. Ahora lo entendía. Ahora comprendía el porqué de ese cambio de actitud. Así que me disculpé con ella y, esta vez sí, escuché atentamente cómo deseaba realizar ese proyecto. Tras lo cual, y viendo que debíamos invertir bastante tiempo, aproveché para explicarle que yo también debía terminar un asunto del trabajo que tenía hora límite y no podía postergarlo más.

Finalmente pactamos que ella aprovecharía a jugar un poco con su hermano mientras yo acababa mi informe y después, juntas, volveríamos a hacer su manualidad.

Cuestión de paradigmas

Yo estaba enfrascada en mis propias cosas y no consideré que fuera preciso prestar atención a mi hija. ¡Al fin y al cabo, un dragón ha de ser verde y escupir fuego! Sin embargo, olvidé que es una necesidad de todo ser humano el sentirse escuchado por los demás. Y, desde el paradigma erróneo de que podía atender a mi hija sin escucharla de verdad, le hice daño.

Practicar la escucha empática

Cuando aparté todo el ruido de mi mente y me centré en escuchar a mi hija con los oídos, pero también con los ojos y el corazón, se sintió comprendido y valorada. En ese momento también ella estuvo lista para escuchar y comprender lo que yo tenía que decirle. Esa comunicación verdadera fue la que hizo posible que todo volviera a fluir entre nosotras.

Hábito 5: Practicar y enseñar el principio en casa

por Tara West

El Hábito 5: Busca primero comprender, después ser comprendido® es el hábito de escuchar las ideas y sentimientos de los demás. Es intentar ver las cosas desde el punto de vista de los otros. Es escuchar a otras personas sin interrumpir. Es tener confianza para expresar tus ideas. Es mirar a los ojos de nuestro interlocutor mientras hablamos. El Hábito 5 es un principio atemporal que todos nos esforzamos por enseñar a nuestros hijos porque les enseña tanto a tener confianza al hablar con los demás como a escuchar a los demás cuando están hablando.

El Hábito 5 trata de la comunicación. La mejor manera de enseñar a alguien a comunicarse es mediante la práctica.

Hábito 5: Practicar y enseñar el principio

Tengo la gran suerte de pertenecer a una familia muy numerosa.

Por parte de padre somos 101 y por parte de madre, 50, a los que hay que sumar dos bebés de camino que sepamos. En total: 153 pares de ojos y oídos y 153 bocas distintas.

Y ese 153 implica mucha comunicación: mucho hablar y mucho escuchar.

Por eso, el Hábito 5 es especialmente importante para mi familia, ya que la comunicación es clave para preservar nuestra historia.

Cuando era niña, tanto mis abuelos maternos como paternos vivían a unos diez minutos de nuestra casa, así como la mayoría de mis tíos. Las reuniones familiares eran frecuentes y solían ser multitudinarias.

¡Me encantaba!

Imagino que aprecio esos días más ahora porque la mayor parte de la familia se ha dispersado por todo el país, lo que hace que nuestras reuniones sean menos frecuentes.

La importancia de escuchar activamente

Hace poco tuve la oportunidad de visitar a mis abuelos paternos, que acaban de celebrar setenta y un años de matrimonio. Fue una oportunidad magnífica para pasar tiempo de calidad a solas con ellos. En esa visita me hicieron innumerables preguntas sobre mí y mi familia y realmente querían saber las respuestas. Ante cada respuesta mostraban tanto amor y calidez que no tuve ninguna duda de que estaban escuchando y asimilando todo lo que les contaba.

Al final de mi visita mi abuela me pidió que la siguiera a otra habitación. Me preguntó si recordaba el cuadro de las mariposas que se había traído de un viaje a África. ¡Por supuesto que sí! Me cautivó desde el mismo día en que lo trajo a casa como recuerdo de su viaje en 1992. Se trata de una imagen de dos mujeres africanas que sostienen cestas en sus cabezas y está hecha con alas de mariposa.

Estoy segura de que a lo largo de los años le había dicho cientos de veces que un día me encantaría tener ese cuadro en mi casa.

Ese frío día de invierno mi abuela lo descolgó de la pared y me lo entregó.

Lloré.

Estaba abrumada por la emoción. Me había sentido profundamente valorada y querida a lo largo de nuestra conversación, y ese regalo era la guinda del pastel. Cada vez que miro el cuadro colgado encima de mi escritorio, sonrío. Me recuerda que mis abuelos me valoran y me quieren. Sé que, cuando hable con ellos, me escucharán.

Sin embargo, ser la parte que escucha en una conversación puede ser igual de gratificante, si no más, que ser la parte que habla.

Mis abuelos maternos acaban de terminar una estancia de un mes en mi ciudad. Yo vivo en una zona más cálida de nuestro estado y ellos necesitaban una pequeña escapada. Mi abuela, que tiene 82 años, ha dejado de trabajar recientemente en la tienda que fue suya durante casi treinta años. Mi abuelo, que tiene 83 años, todavía está al frente de su granja.

Siempre se han caracterizado por ser muy trabajadores y no son capaces de estar quietos.

Conducir 580 kilómetros y dejar atrás su trabajo y su casa les supuso un gran reto. Después de unos cuantos días aquí, comenzaron a aburrirse un poco. Me llamaron para que les aconsejara qué hacer y adónde ir. Les di tantas ideas como se me ocurrieron. Una de esas sugerencia fue que visitaran una casa de pioneras que hay en la zona. Me ofrecí a llevarlos y estuvieron de acuerdo, así que fuimos mis abuelos y yo. Mi abuelo me pidió que condujera su camión, ya que yo sabía el camino.

Hábito 5: El despertar de la historia

¡El viaje de 20 minutos a la casa de los pioneros fue fantástico! Mi abuelo me contó que montaban en bicicleta sociable en el barrio en el que estaban alojado y que habían descubierto nuevas rutas por las que ir. Adelantamos a un hombre que caminaba por el arcén de la carretera con un mochila enorme a sus espaldas y el abuelo me narró historias sobre los tiempos en que hacía autostop cuando estaba en el ejército.

Cuando llegamos a la casa de los pioneros, mientras nos presentábamos a los guías, nos mencionaron que procedían de una pequeña localidad de Canadá. Resultó que los antepasados de mi abuelos provenían también de allí y todos ellos conocían las mismas historias sobre el pasado de la localidad.

Me sentí feliz y agradecida por estar allí y escuchar ese intercambio de relatos.

Ese mismo día por la tarde llevé a mis hijos a la casa que mis abuelos habían alquilado y fuimos a dar una vuelta en la bici sociable. Bromeaba con mi hijo sobre cómo subir y bajar por las cuestas era mucho más divertido que cualquier montaña rusa. Eso le recordó a mi abuelo la primera vez (y última también, debo añadir) que llevó a su padre a una montaña rusa.

Escuchándolo y haciéndole preguntas sobre sus experiencias, he podido llegar a conocer mejor a mi abuelo y, así, quererlo todavía más. Cierto día que estaba recordando algunas de estas historias que me contó con mi tía, ella me comentó que algunas de esas historias las desconocía.

Párate y escucha

Dando a los demás tiempo y mostrándome abierta y dispuesta para este tipo de conversaciones, he aprendido que, cuando la gente se siente valorado, se abre a ti. De la misma forma, cuando sientes que te valoran y te escuchan de verdad, te sientes más inclinado a compartir tus pensamientos y sentimientos.

De eso trata el Hábito 5. Y por eso este hábito es tan importante para mí y para mi familia.

Me esfuerzo por aplicar estos principios en las conversaciones con mis hijos. Es esclarecedor escuchar lo que tienen que decir cuando echo el freno y los escucho de forma activa. Además, vienen a mí con los problemas que se les presentan porque ven que les dejo que me expliquen todo antes de preguntarles si puedo ayudarles de algún modo.

No lo tengo perfectamente dominado. Aún me apresuro y quiero pasar directamente a dar consejos o responder sus preguntas sin escuchar todo lo que tienen que decir. Debo recordarme que es necesario detenerse, escuchar primero, dar una respuesta auténtica, tranquila y reflexiva después.

¿Quién podía imaginar que escuchar era tan entretenido? Merece la pena todo el esfuerzo por lo bien que te sientes cuando una conversación ha terminado. Es una gran recompensa.

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Octavo Hábito: Encuentra tu voz e inspira a los demás a encontrar la suya

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